
La educación no puede resolver por si sola los problemas que plantea la ruptura (allí donde se da) del vinculo social. De ella cabe esperar, no obstante, que contribuya a desarrollar la voluntad de vivir juntes, factor básico de la cohesión social y de la identidad nacional.
La escuela sólo puede llevar a buen puerto esta tarea si, por su parte, contribuye a la promoción e integración de los grupos minoritarios, movilizando a los mismos interesados, cuya personalidad debe respetar”.
Casi me emociono al leer estas frases. ¿Son utópicas o milagrosas en su posible o imposible plasmación en los hechos? ¿Cómo se puede conseguir que las personas procedentes de barrios marginales se adapten a la convivencia con las que podemos calificar como normales? ¿Aceptarán las estiradas (en algunos casos) familias de los niños más favorecidos, procedentes de barrios más “selectos”, el “mestizaje” de los niños más desfavorecidos con los propios? ¿Es esto el optimismo tan cacareado por los teóricos de la educación, o corresponde más a una ilusión que no se cree nadie? ¿No alcanzamos el límite de lo imposible si tenemos en cuenta también, la cantidad de extranjeros de distintas razas y etnias que pueblan nuestro país? ¿De verdad los grupos marginales persiguen la adaptación? ¿Alguien piensa, en serio que los grupos más favorecidos ayudarán para la necesaria unión e igualación de todas las personas? ¿Mi enorme ilusión por que así sea, me permitirá ser realista, consciente y estar a la altura o no me permitirá serlo? Dentro del campo de la Sociología y gracias a diversas publicaciones, hemos conocido casos de maestros que acuden a cárceles para hablar con padres que están presos, otros que acuden a barrios marginales dónde viven los alumnos, cuando estos faltan a clase, consiguiendo en muchos casos, la asistencia a clase normal de estos alumnos y unos resultados académicos similares a los de los demás niños, con lo que en esas ocasiones se ha logrado el éxito. Es cierto no obstante, que toda la voluntad del mundo por parte de los maestros, no garantiza el triunfo total y general a menos que los privilegiados sociales y las administraciones, apoyadas por políticas integradoras no se vuelquen con el proyecto, ante esta situación ¿Todavía debemos ser optimistas? ¿Pasamos al vagón de los ilusos?...
Si hoy ponemos todo de nuestra parte, queda la esperanza de que en las próximas generaciones, estos temas ni tengan que ser planteados (¿Me habré pasado de iluso?).